El día que dejas de tener jefe descubres algo que nadie te contó: el jefe no solo mandaba. También te decía si lo estabas haciendo bien. Y eso, cuando desaparece, deja un agujero que casi nadie sabe llenar.
La soledad del que monta algo no es la soledad de estar físicamente solo. Puedes tener pareja, familia, amigos y una oficina compartida llena de gente. La soledad de la que hablamos es otra: eres la única persona del mundo que tiene toda la información sobre tu negocio, y por lo tanto la única que puede juzgar si una decisión fue buena.
Con nómina, esto estaba resuelto sin que te dieras cuenta. Entregabas algo, alguien lo miraba y te decía si servía. Aunque el jefe fuera mediocre, aunque el criterio fuera discutible, había una señal externa. Ahora esa señal no existe. Entregas algo, el cliente dice "gracias" y tú no sabes si fue excelente, correcto o mediocre.
Los tres vacíos que deja no tener jefe
1. El vacío de calidad
No sabes si tu trabajo es bueno. Sin referencia externa, oscilas entre creerte mejor de lo que eres y creerte un fraude, a veces el mismo día. Los dos extremos son igual de inútiles y los dos vienen del mismo sitio: falta de medición.
2. El vacío de prioridad
Nadie te dice qué es lo importante hoy. Todo parece igual de urgente, así que acabas haciendo lo que menos miedo da, que casi nunca es lo que más ingresos genera. Esto se trata a fondo en el módulo siguiente, porque es el problema operativo número uno.